El baúl de los recuerdos -roleros- (III)

Eowin déjate de espadas… ¡pronto estarás en la portada de Playfriki!

Ya os había contado que mi primera gran experiencia rolera fue en el Señor de los Anillos, allá a mediados de los noventa. Tras el aparatoso final de la primera campaña, con Perceval desguazado tras el torneo, las partidas fueron degenerando, el PJ de mi primo murió y se hizo otro nuevo y menos carismático, y en general todos nos cansamos un poco de jugar. Mis partidas perdieron en calidad (recuerdo que hasta salió un dragón en una, ¡en la Tierra Media!). La gente estaba bastante hasta arriba y no se pudo seguir. Se disolvió la sociedad y dejamos de jugar, allá por el año 1995.

Claro que mi fiebre rolera no se calmó. Yo jugaba en grupos paralelos como PJ. Aquella fue la época en la que me junté a Alfredo, alias “Manuel”, mi buen amigo y compañero de clase (el que me pasó cierto día el UFO: Enemy Unknown, en dos disquetes viejunos, y también el Day of the Tentacle). Mi experiencia rolera con Alfredo fue dilatada, pero empezaré por el principio. Andábamos por 8º de EGB, recuerdo que Alfredo coleccionaba miniaturas y le molaba el rol, y que cierto día, en el patio del recreo, me dijo que si quería jugar en la partida de Cthulhu que tenía un máster de los viejos, un tal Roberto. Estábamos todavía en primaria, en el colegio Arturo Dúo (fijaos si yo soy friki de cuna, que un día en primero de EGB nos preguntaron que quién era Arturo Dúo, compositor conocido en mi villa natal, y yo contesté que el que sacó la espada de la piedra). En total, que le dije que sí.

La gran pregunta de aquel tiempo… ¿Cómo se pronuncia Cthulhu?

Nos juntábamos a jugar en la Porticada, una plaza que hay en Springfield con buen espacio para que los niños jugasen a sus cosas y los padres les vigilasen desde los bares de los soportales. Al llegar a mi primera partida a Cthulhu descubrí para mi sorpresa al famoso máster Roberto, al que ya conocía de antes, que había dirigido paralelamente una campaña con otros amigos míos, y con el que en el pasado había jugado a Heroquest en casa del Maestro Ninja Gara. Por motivos que no vienen al caso, Roberto había roto su relación con el grupo del Maestro Ninja, y ahora jugaba con Alfredo, Charifas, Abad y algún otro. Las partidas eran de muy baja calidad, y jugábamos en la calle. Nada que ver con nuestras cuidadas sesiones del Señor de los Anillos (por ejemplo: yo no dirigía partida si antes no había escrito aventura, y descubrí que había másters que improvisaban las aventuras felizmente)… pero cuando hay necesidad todo vale, o eso creía yo. Yo había disfrutado como un enano en las partidas al Heroquest que dirigía Roberto, pero las sesiones de Cthulhu fueron malísimas. De todas maneras, no es un juego sencillo de dirigir ni de ambientar.

Pero ahí estaba yo, y me picó la curiosidad de aquel jueguillo. Así que le dije a Alfredo que me pasase su copia de Cthulhu (pues no tenía el juego original) y lo llevé a la librería de Margari (fijaos como era Springfield a mediados de los noventa que no había copisterías) para que me lo fotocopiase. Me cobró una pasta, Margari, pero me había hecho con mi segundo reglamento: La Llamada de Cthulhu. Me flipaba bastante el rollo cósmico y terrorífico de Lovecraft y la verdad es que me enfoqué bastante en esa ambientación, pero no era fácil de llevar al tablero. Jugué alguna partida individual de las que venían en el libro con mi hermano, Kanus Máximus, y a tres con mi primo, pero no coseché un gran éxito. También escribí algún módulo, pero sin más. Por aquél entonces no logré pillarle el punto al Cthulhu. Pero todo se andaría.

Aquelarre: el juego de rol demoníaco medieval

Yo estaba, desde el fin de la campaña del Señor de los Anillos, a la deriva en un mundo de roles imperfecto que no llegaba a satisfacerme. No me sentía cómodo en el papel de PJ, porque no me gustaba el modo de dirigir de otros, y quería volver a escribir aventuras. En la próxima entrada recordaré mi recuperación del Señor de los Anillos en los meses siguientes, y mi descubrimiento de Aquelarre. Como veremos no fueron empresas fructíferas pero sí estimulantes, en el sentido siguiente: ahí empecé a buscar mi grupo de jugadores ideal, a imaginarme el tipo de gente con la que quería jugar. Y con los años he descubierto que es una utopía, que no existe el grupo perfecto, pues cada cual tiene su particular modo de entender el rol. Pero esa es otra historia…

3 comentarios en “El baúl de los recuerdos -roleros- (III)”

  1. Con estas historias podrias escribir un libro que se iba a vender como churros. Solo de pensar en todas las frikadas que te quedan por contar…

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