Sputnik

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Fry, triste por saber que nunca volverán los días del Sputnik.

ADVERTENCIA: no dejen leer esta entrada a menores en edad escolar.

Pues estaba hoy en el curro con un ínclito springfieldiano matando horas entre el frío y el aburrimiento -sí, frío en agosto- mientras hacíamos guardia en la garita, y ha salido el tema. Para todo buen hijo de Springfield nacido en los 80 el tema del Sputnik, tarde o temprano, vuelve a la palestra. Y hoy ha sido el día para añorar la Edad de Oro de las salas de juegos de nuestras adolescencias, con una portando manto y corona: el Sputnik.

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Ahí estábamos también nosotros, mirando las pantallas con la expresión de un pez.

Aquellos que me sigan sabrán la importancia que yo le doy a este lugar, porque lo menciono con frecuencia en la sección “Baúl de los recuerdos roleros”. Como yo he tomado la responsabilidad de dejar noticia escrita de nuestras aventuras, desventuras y trastadas varias de pubertad, debo dedicarle un espacio privilegiado a este lugar. Y es que el Sputnik era el centro de nuestra vida social allá por la segunda mitad de los 90. Debo declarar, no sin vergüenza, que yo siempre he sido un malísimo estudiante. Nunca hacía los deberes y, cuando el profe los pedía al azar entre los alumnos, siempre pasaba un inmenso sufrimiento y, de caerme el mazo, decía con frecuencia: “se me han olvidado” o “no sabía que eran para hoy” o la más socorrida “he hecho otra página sin darme cuenta”. Y todos los días igual. Siempre sufriendo. ¿Aprendía cuando se pasaba el trance? Por supuesto que no. Al día siguiente la misma historia. Más tensión. ¿Que había un examen? A estudiarlo todo en el último momento: no la tarde anterior… en la hora anterior. Y a sufrir de nuevo. Una pesadilla.

Tener el Sputnik a la puerta del instituto era una tentación que los calaveras como yo no podíamos ignorar. Un montón de máquinas recreativas de lo más molón nos esperaban -Street Fighter II, Cadillacs&Dinosaurs, Final Fight, Teken, Dungeons&Dragons…-, futbolines, todo tipo de chocolatinas y chucherías, tabaco, refrescos desaconsejables para la salud y compañía de gañanes como tú las 24 horas del día (quizás no tanto). Por aquellos tiempos, proliferaron en Springfield este tipo de establecimientos para la juventud donde hacíamos el mal o, al menos, no hacíamos el bien, que no es poco. No recuerdo el nombre de todos, pero sí de tres: el rey de reyes, Sputnik; su imitador, la sala Game en la Porticada; y la veterana, la Dársena. Había más pero esas fueron las principales. Todas le hacían los recados al Sputnik y a su propietario, Mero, pero no estaban mal tampoco.

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En esta recreativa recorrías con una pelotilla la pantalla para descubrir tías limpitas en paños menores… la inventó Konami para promover la natalidad.

Los malotes desnortados hacíamos pira a las clases para disfrutar de nuestra juventud, y nos íbamos a 10 metros del instituto donde estaba este ágora, este maravilloso foro de la irresponsabilidad. Allí nos encontrábamos los de una misma condición: la del malandrín. Todos hemos acabado fatal. Recuerdo que a veces nos escapábamos a primera hora -ocho de la mañana- y el Sputnik todavía no estaba abierto, y esperábamos pacientes sentados junto a la persiana metálica a que llegase Mero, una media hora. Allí hacías amistades de lo menos recomendable, gente sana, rockeros de verdad. Debo reconocer que, hasta cierto punto, el Sputnik nos civilizó pues, antes de eso, nuestro pasatiempo favorito era jugar a juegos violentos, como el Pez, el Botijo o el Círculo, que consistía en pegar patadas.

En ocasiones reclutábamos a ingenuos que hacían equilibrios en el cable de la responsabilidad y, como buenos amigos, los empujábamos para que se uniesen al club de los descerebrados; por ejemplo, eso hice yo con el Maestro Ninja Gara, y tanto se aficionó que luego sus profes no le conocían. Yo recluté al Maestro Ninja para la ausencia escolar, y acabé haciéndole los deberes: recuerdo que íbamos a la uni y, aparcado el coche en el párking, echaba el asiento para atrás y continuaba su sueño nocturno hasta que, terminadas las clases, o sobre las 12 del mediodía, se despertaba, arrancaba el motor y tiraba de vuelta para casa. Un profesional.

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Apura la partida Fry… será la última cabeza que explotes en el Mortal Kombat.

En el Sputnik había un aura especial. Un no se qué de mágico que cautivaba. Sin descartar que fuese la densa nube de humo que te abrazaba en cuanto entrabas -estamos hablando de una época pre-ley del tabaco-, era una cosa maravillosa que nunca he vuelto a sentir. Aquello era un feliz jolglorio con la gente jugando a sus recreativas favoritas, sosteniendo conversaciones intrascendentes, fumando, jugando al futbolín o simplemente viendo cómo otros lo hacían. Éramos felices. Ahora mismo estoy viendo al Maestro Ninja reventar el futbolín con ese derechazo que hacía saltar las bolas por los aires; a Tato, Dios lo ampare, quemando el matamarcianos llamado 1940; a Gara Mayor metiéndole al Teken o al Dungeons; yo, jugando al Cadillacs o a la de Golf, cuyo nombre he olvidado. Inolvidables fueron las partidas de Txelo de Castro y Axel de las Islas del Hierro, alias Torkol, alias Bognar, alias Groo, alias Karl Urx, al Gauntlet II, y las picadas del después. Inolvidable Txarli, alias Wolframius, alias Raistlin, alias Fistandantilus, en su época de desenfreno, viniendo con pasta que había robado y repartiéndola con nosotros, los pobres, como un nuevo y melenudo Robin Hood. Recuerdos de Borjita, que nos dejó; de Vicky, una profa que un día vino a pillarme haciendo novillos y me escabullí sin que me viese como un habilidoso samurai; de las chicas que me gustaban y se desvanecieron. Gracias a todos por aportar vuestro grano de locura a este feliz disparate.

El Sputnik funcionaba también como centro de reunión social. Cuando jugábamos a rol era nuestro Olimpo: aburríamos a las paredes con tanto goblin, guerrero-mago y dado de seis pero, finalmente, para nuestra desesperación, cerró. Se lo cargaron otros que eran más maleantes que nosotros. Esos andaban trapicheando cosas ilegales y a Mero le pusieron contra las cuerdas. La Benemérita todos los días por allí, la policía también. Los vecinos preocupados, los parroquianos habituales -nosotros- un poco acojonados. Al final se fue a la mierda, por eso aprovecho para cagarme en los muertos de aquellos canallas que destruyeron nuestro maravilloso cubil.

Después pusieron una tienda de electrodomésticos. Y después de que quebró la tienda, la iglesia de alguna secta. Y después no sé… creo que ahora está cerrada la lonja, y no hay nada. Al Sputnik se lo tragaron las fauces del tiempo, y con él nuestras adolescencias.

 

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