El baúl de los recuerdos roleros (VI.II)

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Con la 2ª edición del Dungeons&Dragons y el comienzo de la serie de Dragonlance (¿¿97-98??) todo dio un giro radical. De pronto, comenzamos una campaña totalmente seria que daría a luz a los más míticos de entre los míticos PJs que han jugado conmigo en el siglo XX y en el XXI. En la campaña Dragonlancera nacieron los gloriosos Cliff del Maestro Ninja Gara; Tarnus de Tarnus; Sin Bowen von Carstein de Txelo de Castro; el Zorro de Flores; Wolframius Rostrum de Fistandantilus, alias Raistlin, alias Txarly; Marcelino, el kender loco de Patxi, entre los irrepetibles. Algunos épicos hicieron tímidas incursiones en la campaña, fundamentalmente Hamanu de Urik con un maguillo caquitas, y un minotauro cuyo nombre no recuerdo dirigido por mi dilecto amigo Crom, alias Torkol, alias Bognar, alias Groo, alias Karl-Urx. Murió aplastado patéticamente por un bicho gigante.

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Patéticas crónicas de la Dragonlance, yo también os leí en su momento.

La campaña empezó con la huida de una mazmorra en la que los PJs estaban atrapados. Todo fue muy patético porque, a lo largo de la aventura, un furioso ‘guardián’ amenazaba la salida del dungeon y mis pejotas estaban acojonados; luego resultó ser un lagarto de 3 dados de golpe. Pero la historia fue a mejor y los PJs fueron subiendo niveles en un relato épico del que no recuerdo mucho. Lucharon en una isla pantanosa para salvar un reino, pero no recuerdo muy bien los detalles ni cuáles eran los nombres de los lugares. Si recuerdo algunas polémicas: la primera, cuando Txelo de Castro hizo la prueba de los caballeros de Solamnia, recuerdo que la recompensa por lograr convertirse en Caballero de la Espada fue una miserable espada ancha +1, cuando él esperaba como agua de mayo un espadón… diste con mal máster, Sir Bowen. La espada acabó llevándola Cliff, el clérigo de Kiri-Jolith, que la perdió vergonzosamente en la primera Fiesta de Goblyns, creo que en 1998, en el pasadizo donde las brumas robaban objetos mágicos; menos le molestó a Tarnus que, en la prueba de la Alta Hechicería, sus ojos se volviesen serpentinos, después de derrotar, no sin antes sufrir, a un clon de sí mismo.

Lo mejor de todo es que conservo las aventuras, escritas a máquina (no a ordenador, A MÁQUINA), por ahí; es posible que algún día suba unos scans. En todo caso, la campaña fue genial, porque jugábamos semanalmente y la emoción era continua. Todos íbamos al instituto y era fácil quedar los fines de semana. Después, a lo largo de la semana, llegaba el desglose de las mejores jugadas. Pasábamos horas y horas hablando y planificando los nuevos pasos a dar, entre clase y clase o entre pira y pira. Por esas fechas fue cuando aficioné al Maestro Ninja a hacer novillos desconsideradamente: la primera vez sientes remordimientos, le decía yo, las siguientes cada vez cuesta menos… al final lo que cuesta es pasarse por clase. Además, con la sala de juegos a la puerta del instituto, el Sputnik, era muy difícil resistirse… la gente molona estaba del lado del mal, es decir, en el Sputnik.

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El profesor de gimnasia siempre quiere causarte DOLOR.

Un buen día, en clase de gimnasia, Fistandantilus me trajo Fiesta de Goblyns para que la preparase. En aquellos tiempos, nos daba gimnasia un señor llamado Felipe, bastante amanerado y con chándal rosa, que llegó el primer día diciendo que al terminar la clase tendríamos que ducharnos, a lo que el gran springfieldiano Luís U., más conocido como ‘Botijo Mayor’, le respondió que a las duchas entraría su madre con una escopeta, pues el estado higiénico en el que se encontraban era más bien lamentable… nótese, no obstante, con qué percal lidiaban los profesores en los años 90 en Springfield. Y llegados a este punto hago una digresión para cagarme en los muertos de los profesores de gimnasia de nuestra era, a los que añadí cierto día en la uni, años después, a una lista que confeccioné con enemigos de los que tendría que vengarme en el futuro. Desgraciadamente la perdí. Pero ya haré memoria… Resulta que dos tías profesoras petardas se empeñaron en hacernos bailar como prueba imprescindible para la evaluación, locura infecta y grotesca a la que me negué categóricamente removiendo Roma con Santiago. Penqué gimnasia por primera vez en mi vida, porque no me salió de los webos bailar. Al año siguiente volvieron con la cantinela, esta vez teníamos que preparar una coreografía con movimientos gimnásticos y tuve que ceder y hacer una representación lamentable y censurable. Me humillaron aunque me resistí, por eso aprovecho para ciscarme en los antepasados de María y Sonia: malas profesoras, peores personas. María, además, me tenía saña. Una vez me echó de clase y me envió con el jefe de estudios simplemente por aullar. ¿Dónde viene en el reglamento del instituto que no se pueda aullar? Arbitrariedad, lo llamo yo.

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La eterna lucha de la heroína con su armadura… si no quieres que apriete no estés tan buena.

El caso es que Cliff, Tarnus, Bowen, el Zorro y sus amigos contaban ya nivel 4 y se aproximaban al 5, cuando yo hice la Fiesta de Goblyns por primera vez, gracias Raistlin, todavía tengo el libro por casa. Las partidas se abarrotaban. Llegamos a jugar 8 pejotas, cuando mi grupo ideal era de 4-5 pejotas: allí estuvieron Zevo, Urquijo, Groo, y otros mendas. Yo andaba caliente. Por eso, cuando un día un ínclito rolero castreño -llamémosle ‘el Cabezón’- se autoinvitó y me pidió hacerse pejota, yo me negué (habríamos sido 9, el caos absoluto), se picó, y desde entonces no me habla. Más adelante dedicaré un apartado a las amistades que me costó el ser Pláster de rol, incluidas sucesivas picadas con Tarnus y otros famosos famosos.

Pero la Fiesta de Goblyns encumbró a la grupo de Dragonlance a la gloria, al mismo tiempo que marcaba el principio del fin de la campaña. A la vuelta de Ravenloft, yo ya estaba desinflado de Dragonlance y empezaba a sentir la tentación de Strahd y las Brumas. Quería dirigir en Ravenloft, y ello significaba volver a empezar de nivel 1 con nuevo grupo. El error de nosotros los plásteres ha sido frecuentemente esa tentación del eterno comienzo, volver a nivel 1 y empezar de nuevo, intentando crear mejores pejotas e inventar mejores aventuras. Sobre nivel 6-7 o así lo dejamos, además el Zorro murió machacado por una mole sombría, lo que desanimó al personal, así que Fistandantilus tomó el relevo con los personajes míticos. Pero yo no me fui a Ravenloft, como soñaba. Mi siguiente campaña, también mitiquísima, sería en Forgotten Realms. Pero esa, señores, es otra historia.

 

La hipocresía (y sus consecuencias en el caso particular del maltrato a la mujer)

Saludos navegantes weberos. Aparcando mi natural tendencia a la anécdota, recuerdo melancólico, frikada, frivolidad graciosa, u otros temas variopintos y desde luego, nada serios, quería dedicarle un post hoy a un tema que me corroe y que creo que es obligación denunciar a estas alturas de la película. La hipocresía. Hablaré de ella en general, naturalmente con brevedad, y me extenderé un poco más en lo relacionado al trato de la mujer desde los distintos actores sociales.

20130412-155934La palabra es griega y, antiguamente, también en latín, venía a significar ‘actor’, aunque etimológicamente, es algo así como “que va por debajo del juicio/decisión” (véase la web Wiktionary para más detalles). En la actualidad, el hipócrita es también un actor, que presume de ciertas virtudes o compromisos y luego actúa de una manera muy distinta a aquello de lo que predica. Es, por tanto, un actor que se enmascara de valores virtuosos que desde luego, cuando llega la hora de la verdad (la hora de ponerlos en práctica) los ignora. Sabéis a qué me refiero porque os vienen a la mente mil ejemplos. Todos hemos sido alguna vez hipócritas, y yo el primero, pero llegados a una edad en la que tenemos capacidad de crítica y de reflexión, creo que es obligación moral desenmascararse o bien cumplir con los principios que predicas. El hipócrita es mucho peor que el malo, porque al malo le ves; pero el hipócrita es malo y viste de bueno, por tanto engaña, y al engañar crea desorden, confunde a la gente de buenos sentimientos, y en consecuencia siembra más mal.

Es muy evidente el hipócrita de la riqueza. El que defiende al pobre mientras viste con ropa cara. Muchos de estos hipócritas ni se dan cuenta, porque no les da la cabeza o están cegados por su propio ego, dícese que altruista. No pocas veces son millonarios comprometidos con los desheredados, y se echan una foto con un niño famélico para después ir a algún lujoso hotel a darse un banquete.

La hipocresía de la Iglesia es manifiesta. Al menos, de ciertos grupos de la iglesia (sé muy bien que también los hay virtuosos), no me extiendo a otras religiones porque no sé lo suficiente, y acusar sin saber tampoco es correcto. Nunca ha sido fácil predicar la abstinencia sexual, es complicado, pero nadie está obligado a hacerse sacerdote. Los sacerdotes, y creo que todos conocemos también ejemplos, recurren en algunos casos al oficio más antiguo del mundo, o tienen relaciones con mujeres de sus parroquias. A veces incluso cometen graves delitos que todos conocemos. Salvo en el último caso (el de Ambrosio en ‘El Monje’, gran novela) me vale que me digan que Cristo vino a llamar a los pecadores, no a los justos, como dicen los Evangelios. Lo acepto. Por el mismo argumento, ¿no debería la iglesia aceptar a los homosexuales? Eso suponiendo, como supone la Iglesia, que la homosexualidad es un pecado, algo que desde luego no se dice en ningún lugar de los Evangelios. Tampoco en el tema de las riquezas se salvan. A los que tenemos sentimientos espirituales pero somos críticos nunca nos convencerán predicando a Cristo (que fue siempre pobre) pastores que guardan celosamente ingentes, inabarcables tesoros, y viven en el lujo y el fasto.

Pero lo que más me duele últimamente, porque me ha golpeado de cerca, es la falsedad en la violencia contra las mujeres. La sociedad es tremendamente hipócrita con esto, y con la sociedad me refiero a: los medios de comunicación, las instituciones, las compañías comerciales, y buena parte de los grupos o individuos per se.

¿Alguna vez habéis oído hablar a un grupito de machitos de entre 15-50 años sobre mujeres en petit comité? Si sois varones, seguro que sí; alguna mujer también puede tener alguna experiencia. En esos grupos está normalizada la humillación de la mujer mediante todo tipo de calificaciones zafias, ordinarias y repugnantes refiriéndose a ellas, normalmente, por sus atributos físicos, modo de vida, o cualquier detalle de la persona cuya acentuación en la conversación pueda hacerle parecer más viril al machito. Pero luego, cuando algún otro pega a una mujer, o la mata, los veréis a todos condenándolo o en las manifestaciones, alguno igual hasta con pancarta o levantando la voz y pidiendo justicia. Muchos de ellos, lo sé por experiencia, se dicen feministas y defensores de los derechos de la mujer. Pero están actuando. Son actores.

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Basura

Los medios de comunicación no son menos groseros. Algunos canales sostienen en antena programas donde se hace de la mujer un objeto para que los gallos del corral se la rifen. Sólo le dan pantalla al perfil más vulgar del sexo femenino, ofreciéndonos una imagen distorsionada de la realidad donde la sexualidad lo ocupa todo, creando por tanto una ilusión que aparenta real, y que frustra al varón cuando se enfrenta a una realidad muy distinta. Cuando descubre que la mujer no es un medio (una herramienta) para proporcionarle placer, sino un fin en sí misma (un ser humano, un TODO cuya esperanza vital es alcanzar la propia FELICIDAD, no hacer feliz a un gañán con su propio sufrimiento), la bestia se desespera. Pero acaba el show y llega la hora del telediario, y entonces se ponen fúnebres, y te dicen que han matado a otra, y se suman a la condena. Actores todos.

Las compañías encargadas de fabricar la ropa y los cosméticos no son menos hipócritas. En los últimos años han sexualizado a las niñas: id a un colegio o instituto donde no se use uniforme, y ved la imagen. La niñas prepúberes, incluso menores, visten y se maquillan para aparentar ser más mayores. Lo hacen porque las campañas publicitarias y la televisión se han sumado a ese mercado que da dinero, y que por tanto es lucrativo y jugoso para sus intereses, que se reducen básicamente a uno: el Dólar. Pero luego resulta que el enemigo público número uno es el pederasta; y no digo que el pederasta sea una víctima del sistema, ni mucho menos, es un depredador repugnante; pero no faltan los que con sus diseños y campañas, para aumentar la cuenta del banco, le echen gasolina. Hipocresía también.

Y el Estado trata de defender a la mujer aumentando los presupuestos para proteger a las maltratadas y darles amparo, y debe hacerlo, pero tanto hemos buscado el analgésico para reducir el dolor que se nos ha olvidado buscar el remedio a la enfermedad. Y ese remedio está en la educación.

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Atenea, diosa de la sabiduría

La educación es la clave. Ella nos permitirá cambiar de canal cuando pongan basura en la televisión: el programa desaparecerá de antena. Ella nos permitirá irnos y dejar con la palabra en la boca al grosero: si nadie le escucha ni le ríe la bravata, cambiará el registro. Nos permitirá explicarles a nuestras hijas por qué ellas son niñas y deben disfrutar su infancia, y no vestir como mujeres mayores, que tampoco son felices. Nos permitirá ser críticos con todo aquello que disminuye a nuestras compañeras de viaje como a objetos, y plantear respuestas adecuadas contra los que insisten en el error.

El maltratador no es un ser feliz, vive en la frustración y en la miseria de su propia esclavitud, que es la ira y la incontinencia, es la miseria interior de ver unos objetivos vitales que se alejan de él (la felicidad), precisamente porque vuelve sobre sus fallos. Se convierte en esclavo de otras adicciones, el alcohol, la droga, o simplemente la avaricia, lo que le hace aún más colérico y descontrolado, y más peligroso.

La única vacuna que puede revertir estos procesos es la educación, precisamente, la que estamos destruyendo priorizando los saberes técnicos y científicos frente a los humanísticos, que son los que brindan las herramientas intelectuales críticas al sujeto, y le convierten realmente en un ser racional. He escrito herramientas críticas, frente a lo hipócrita, que es lo que va por debajo de la crítica. La hipocresía es, precisamente, el resultado del vicio acrítico en que vivimos, la dificultad que tenemos para ver (o reconocer cuando ya los hemos visto) nuestros propios errores.

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Platón (427-347 a.C.)

Todo esto viene a cuento de una anécdota que viví el otro día, y que me hizo pensar sobre la hipocresía y las máscaras demoníacas con las que cubrimos nuestra miseria. En una conversación en una clase, cité a Platón diciendo que una de las claves para alcanzar la felicidad era aprender a necesitar menos, y no aspirar a tener más. A raíz de esto salió a colación un dicho que nunca había oído, un dicho propio del vulgo concupiscente y de machito de barra de bar, que venía a decir que me dejase de chorradas, pues la verdadera felicidad era ‘un yate y cuatro putas’. Descubrí, al oír eso, que no podía debatir tales argumentos, porque pertenecen a otra liga. El autor de tales palabras creía que sería feliz al renunciar a su humanidad y convertirse en un Sardanápalo, como diría Aristóteles, esclavo de sus propios apetitos sensuales, lo que, sin embargo, le impediría desarrollarse plenamente como ser humano y, por tanto, ser feliz. Pero lo más terrorífico de todo esto es pensar: ¿cuántos opinan como él? Es más, ¿cuántos de ellos, que opinan que la mujer es un objeto, como un yate o un reloj de oro, se sumarían a la condena de un maltratador? Prácticamente, todos. Nunca acertó tanto el que dijo que la vida es puro teatro: todos actores.