El baúl de los recuerdos roleros (VI.I)

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…y entonces llegó la Dragonlance…

Si habéis leído todos los baúles anteriores, advertiréis que mi currículo rolero es accidentado, irregular, al menos hasta que llegamos a finales de los 90 o, más bien, a los años entre 96-99 que creo sentaron las bases de lo que será mi vida como Plaster definitivamente. El salto fue a Dungeons&Dragons 2ª edición y, entre gamberradas y pejotas épicos creamos lo que ya nunca moriría: el grupo de Dragonlance. Eso es, señores, Dragonlance.

Me van a permitir que haga una pequeña digresión para contextualizar el temilla y que se entienda todo bien. En la parte del baúl VI-II entraré en materia. Ahora permítanme cachondearme un poco de nuestras accidentadas adolescencias y situarnos en el tiempo y el espacio. Todo lo que digo a continuación es cierto, y no doy detalles para que la entrada no se me alargue y los protagonistas no intenten matarme.

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Ahí tenemos a Raistlin en todo su esplendor.

Estense muy atentos porque la historia bien merece leerse, y hasta grabarse en mármoles y entallarse en bronces. Porque en aquellos tiempos, el Maestro Ninja Gara y yo, Maese Friktor, íbamos a particular de inglés con el siempre insuperable e inigualable Wolframius, de apellido Rostrum, conocido por los menos como Fistandantilus o Raistlin. En aquellos años, con lo de las hormonas y el porro, y el rol, y el speed, y el heavy, y la madre que lo parió a todo, el tal Fistandantilus estaba como una puñetera cabra. Luego se formalizó. Pero he dicho luego; ahora, es decir, finales de los maravillosos noventa, estaba fuera de si, como un chivo loco.

 

Cuando salíamos de particular, el gran Wolframius tenía costumbre de liar alguna. Llevaba una camiseta de Iron Maiden y melenas heavies. Era un pavo delgado, de mediana estatura, que en su estado normal te saludaba chillándote a la cara unos versos de Manowar. Al salir de la particular íbamos al Sputnik, una sala de juegos que desgraciadamente ya no existe, pero que era el centro de reunión de la gente joven en Springfield, y lo fue mucho tiempo. Allí jugabas a las recreativas, al futbolín, comprabas cigarros y socializabas con toda clase de fauna y gentuza variopinta. El Sputnik fue toda un institución para mi generación, pero hoy en su lugar hay una iglesia de alguna secta, evangélicos o algo semejante… Para que vean lo importante que era, cuando desapareció el Sputnik terminaron nuestras adolescencias.

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Dragonlance

Total, que un día, hablando y hablando del juego de roles, el Raistlin se ofreció a dejarme el Dragonlance para la 2ª Edición (el tío gastaba un webo en libros de rol, los tenía todos) para que yo iniciase una campaña. Todo empezó ese día. Al salir de inglés, Raistlin estaba tan alborozado por nuestro pacto que le dio por destrozar cosas. Le recuerdo saltando ágilmente y corriendo por encima de los coches mientras cantaba alguna canción heavy irreconocible. Otra vez le arrancó de una patada el retrovisor a un coche. En otra ocasión se quitó la camiseta y, a pecho descubierto, iba por medio la carretera parando a los coches y gritando a los que le pitaban: “¡Comedme los webos!”. Una vez se puso a saltar encima de un coche sin percatarse de que el dueño estaba en el bar de al lado, y le tuvo que pagar amortiguadores nuevos. No menos sorprendente fue cuando vino con la cartera de una tía (estaba el DNI de ella dentro), sacó 2000 pelas (el billete rojo con el careto de Galdós, ¿no?), y la tiró a un contenedor de escombros: “he chorado esta cartera” nos dijo al Maestro Ninja y a mí, mientras llorábamos de risa. Chorar significaba robar, no sé si se seguirá usando. Éramos unos auténticos mamarrachos de nivel épico. Pero eso era Springfield en los 90, así que imaginen en los 80… En mis tiempos universitarios, cuando teníamos alguna clase peñazo, me dedicaba a hacer cómics con las aventuras de Wolframius o las de otros springfieldianos… tengo un taco, gocho como el Quijote, de cómics en casa.

 

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¿Os acordáis del Lightbringer? Siempre se lo recuerdo a los desmemoriados, jejeje.

Total, que me disperso de la digresión. En el Sputnik nos reuníamos y allí hablábamos de rol, mientras Fistandantilus nos invitaba (con el dinero que robaba) a todo tipo de comidas que ningún nutricionista recomendaría: que si palmeras de chocolate, que si morenitos, que si chetos, que si matutano, ¿un cigarro?, ¿una coca cola?, todo lo malo nos valía. Al fin y al cabo, éramos jóvenes y autodestructivos. Allí hablábamos de rol y aburríamos a las esfinges de Egipto, entre partidas a la recreativa de Dungeons&Dragons, del Street Fighter 2, del Lightbringer, del Teken, y muchos otros grandes clásicos de época pre-Play Station. Y allí surgió la fiera: la primera gran campaña de Dungeons&Dragons, cuyos protagonistas se enfrentarán a los Goblyns en la FdG 2017: Cliff, Tarnus, Sir Bowen, El Zorro, entre los más carismáticos, pero hubo muchos más cantamañanas que nacieron entonces y aún hoy existen en el mundo de las ideas. El Sputnik estaba pegando al instituto, así que en los recreos volvíamos allí a hablar de rol, o hacíamos pira (o chapo, como decíamos los castizos, es decir, novillos) para quedarnos al albur de aquella sala con su música rockera, la nube densa de humo, las risas, los gritos… qué recuerdos.

 

Esa campaña tuvo otro lugar que es preciso vindicar, pues nos aportó muchas horas de felicidad hasta que el zascandil de mi tío nos lo hurtó. El garaje de mi abuela. Mis abuelos compraron ese garaje para meter el barco del pater familias en invierno, y durante el resto del año estaba vacío, es decir, nos metíamos nosotros a jugar a rol. Fue un santuario, un sancta sanctorum del rol, pero forma parte del pasado. En cualquier caso, allí pillábamos resfriados brutales, porque estaba abierto a la calle por agujeros de ventilación y la corriente era inhumana. Pero aquellos agujeros eran también amigos. Nos permitieron hacer el mal en las fiestas del barrio, porque los usábamos como barbacana de nuestros globos de agua contra los niños que inocentemente bajaban a la fiesta. Nos ofrecían parapeto para que nadie nos viese, y pudiésemos despelotarnos de risa impunemente con el cabreo de la gente.

En fin… todo eso ocurrió entre el 96-99, años en los que despega la máquina del rol con una intensidad que ya no recobró, y cuya principal referencia es, sin duda, la campaña de Dragonlance que detallaré en el baúl VI.II.

Ayyyy… creo que me he reconciliado con el canalla sinvergüenza que fui y tanto añoro…

Banda sonora: Kull el Conquistador

posterTodos los que hemos sido jugadores de rol en los noventa le ponemos cara al Hércules de Kevin Sorbo y a la Xena de Lucy Lawless (entre otros rasgos físicos). ¿Quién puede dudar que los frikis le debemos mucho al señor Sam Raimi y a sus estrechos colaboradores? Enchufar la tele y ver las a veces estrafalarias y rimbombantes aventuras de uno u otra, en una Grecia antigua difícilmente reconocible, era parte de nuestros pasatiempos a finales del siglo XX y principios del XXI.

El otro día, buscando bazofia por Youtube, llegó a mis ojos una entrevista a Kevin Sorbo -un tío tan noblote y sencillo como el personaje que interpretaba en la ficción-, y acordándome de Kevin me vino a la cabeza aquella estupenda película llamada Kull el Conquistador (1997), interpretada por el susodicho. Algunos la vilipendiaron y dijeron que era mala, pero eran descreídos del rol, inadaptados de la fe. A mi me gustó y la volveré a ver pronto. Lo mejor es que Kevin Sorbo hace siempre el mismo papel, haga de Hércules o de Kull, no se vé dónde termina el uno y empieza el otro. Por eso Kevin es un actor entrañable.

51LSRhHVWMLBien, dejo de liaros: a lo que voy. Lo que más me llamó la atención de Kull la primera vez que la vi fue su banda sonora, compuesta por Joel Goldsmith. Realmente me entusiasmó que cada vez que había leña metiesen música épico-metalera tronando los oídos. Fue un puntazo, y por eso lo traigo hoy a colación. He buscado en internet la descarga y la traigo fresquita para que podáis disfrutar del metal, y acaso ambientar partidas -no todas las pistas son heavilongas-. Yo fijo que lo haré, josjos.

¡¡¡Pincha en la foto de arriba o aquí para descargar!!!

 

El Barón aterriza en Springfield

Sí, señores. Los springfieldianos somos afortunados, una vez más. La asociación rockera Volumen nos dio la oportunidad de disfrutar del Barón Rojo, una vez más en Springfield, este sábado durante el festival metalero CastroRock. Y es que los reyes del rock patrio estuvieron por estos lares ya en el 1982 (¿o en el 83? creo que en el 82) dándolo todo en nuestra gran plaza de toros, obra del arquitecto Eladio Laredo.

Cuando aquello el Barón se convirtió, gracias a sus grandes méritos (giras en Inglaterra y Europa, Sudamérica…), en una banda grabada a fuego en la memoria de los españoles y en la historia de nuestra música. A día de hoy siguen siendo los mejores, y eso que, más que Barón Rojo, son Barón Cojo, ya que todos echamos de menísimos al grandísimo Sherpa, al fin y al cabo, alma del Barón y padre de la mayor parte de sus éxitos. Pero los hermanos de Castro siguen siendo virtuosos de las cuerdas y reventaron literalmente la paz de nuestra pequeña y tranquila comunidad de Springfield. No podía yo salir de mi gozo al escuchar la batería retumbar en las paredes de los edificios y la gente ir perdiendo la compostura a medida que el concierto avanzaba. La última vez que los vi fue en Bilbao, durante la Aste Nagusia de 2007. Por aquel entonces José Campuzano estaba con ellos, y ametrallaron con acordes salvajes la villa del Nervión durante más de tres horas (aquel día grabaron el DVD de De Barón a Bilbao). El concierto de la Aste Nagusia fue B-R-U-T-A-L. Llovía a cántaros y miles de personas chuparon agua y frío, entre ellos yo, por devoción rockera.

Imagino a los remilgados, descreídos del rock, pensando “¡Cuánto ruido! ¿a quién le puede gustar eso?”, y precisamente de eso se trata, amigos baroniles, pisotear las convenciones sociales, meter ruido chillando y golpeando la batería, pulsando con rabia las cuerdas guitarreras, gritando la verdad, y si se tercia, recitando hermosos versos que ya quisiera Bustamamante en su bocaza. Sí señores, la rabia rockera no está reñida con la poesía. Y es que el buen rock nunca muere, como el propio Barón nos ha dicho tantas veces. Ahora no puedo esperar a que vuelvan para otro recital rockero como el del sábado.

No puedo dejar de mentar que Barón Rojo nos fundió los tímpanos de 00:00 a 2:00 de la mañana, pero desde las 19:00 horas diversos grupos springfieldianos dieron la talla metiendo ruido y jodiendo a los puretas de la Pantoja y el pasodoble (muy respetables, por otro lado). Esos grupos fueron: The Whatevers, Karbonizadores, Tercer Mandamiento y Ténebra. Larga vida a ellos también. Gracias a Volumen y a todos los que se lo curran allí, esperemos que el año que viene nos preparen un cristo parecido al de este año.

Y para finalizar, os enchufo un enlace, y no deben escoceros los dedos después de pinchar en él por tratarse de un programa de Intereconomía. No vais a encontrar este tipo de shows nostálgicos en la MTV, os lo aseguro. La historia del rock de la transición, centrada especialmente en Barón Rojo y Asfalto, en España en la memoria. Me gustó mucho el programa, con presencia del Sherpa y Julio Castejón, versión acústica del tema “Barón Rojo”, y mucho más. Si te gusta el metal clásico no te lo puedes perder…

Bértigo es con B

No mucho después de inaugurar este blog, llené una entrada con mi programa rediofónico favorito de todos los tiempos: Rock Star. La radio tenía y tiene un algo, una magia especial, hace compañía, ameniza y enseña, y os voy a decir por qué: porque la relación que se establece entre el oyente y el locutor es completamente distinta a la que tiene, por ejemplo, el espectador y el televisor. La radio es más íntima, te habla y te transmite la sensación de acompañamiento y cercanía. Por eso siempre me gustaría encontrar programas como los de antes, dirigidos a la juventud, amenos, con buena música y mucho cachondeo, donde no tuviese que escuchar a Lady Gaga ni a Bustamamante.

En la antigüedad también había Bustamamantes, pero se llamaban Alejandro Sanz o cosas parecidas, y no asomaban por la radio de calidad que los estudiantes de instituto oíamos mientras nos retirábamos las greñas de la cara. Rock Star fue el último gran show radiofónico, regalo de ese gran friki del metal que es Mariano Muniesa. Pero antes de eso, cuando yo empecé el instituto (y quizás aún cuando estaba terminando la EGB) echaban otro programa en los 40, allá por mediados de los noventa, los martes entre las 22 y las 23 de la noche, llamado Bértigo.

La memoria es frágil y por tanto pido disculpas. Es muy poca la información que puede encontrarse en el webo sobre aquel gran programa de radio, yo guardo cuatro recuerdos, todos ellos dulces, de mí mismo escuchando Bértigo. Consideren que han pasado alrededor de 17 años de eso. Bértigo era un locutor que se metía en el rol de un supuesto joven amante del rock, arrollado por un ¿tren o un coche? al que habían conseguido salvar los médicos convirtiéndole en una máquina o algo así. Su voz siempre aparecía distorsionada, y se cagaba continuamente en un tal Ruano, que debía ser algún técnico de la emisora. Para despedirse, ojo al dato, ponía una grabación de metralletas intercaladas con voces en alemán, al estilo discurso de Hitler (de hecho, igual era un discurso del mismísimo). Pero el programa no tenía ningún mensaje político ni nada por el estilo. Simplemente era lo políticamente incorrecto elevado al cubo. Nos enchufaba con rock alternativo y nosotros nos cagábamos en la sociedad sin saber muy bien por qué. Que si Nirvana, Smashing Pumpkins, que si Pearl Jam, Green Day, un poco de Pantera o Sepultura. Melodías angelicales para suavizar el alma.

Bértigo, el simpático locutor (o “Maese Bértigo”, como se hacía llamar), a veces empezaba a insultar a la gente en general o a sus compañeros de los 40 en particular. Recuerdo que al tipo que llevaba el programa de “Fan Club”, cuyo nombre he olvidado, pero que resultaba algo carameloso y no recomendable a cualquiera que no fuera mujer de entre 13-16 años, le tachaba de hijodeputa diariamente y otras lindezas varias. Nadie se salvaba de la ira subnormal del enfermo mental que era Bértigo, y cuya demencia nosotros celebrabamos con complicidad inconsciente: nos molaba porque iba contra todo, como hacíamos nosotros. Éramos el ejército de la irracionalidad, la etapa más feliz de mi vida.

Un día la tomó con Kurt Cobain. Yo estaba metido en la cama, noche cerrada (posiblemente invierno), arropado y sonriente bajo las sábanas, mientras sonaba In Bloom de Nirvana y mi amigo “Bértigo” griataba como un enérgumeno: “¡’Kurt Kobain eres un hijo de puta, por qué no te pegas un tiro ahora!” y cosas por el estilo. Otras veces le tocaba faltar al respeto al Papa, o al Rey, o al de la competencia, o a cualquiera que se le ocurriese a Bértigo en su mente drogada.

Sacaron un disco con una recopilación de canciones de rock alternativo inspirado en el programa, y lo llamaron Vértigo (realmente no sé que relación real tendrían). Ese disco Vértigo desató las iras del gran locutor, que proclamaba a los cuatro vientos que Bértigo se escribía con B, y se cagaba en los muertos de los artífices del recopilatorio. Y cuando todo terminaba, volvían a sonar las metralletas y el discurso en alemán, mientras él se jiñaba en la madre de los oyentes. Todo muy educativo. Por eso os podéis imaginar que no duró mucho en antena. Los 40 fusilaron a Bértigo, supongo que cuando las cartas de queja dejaron de ser algo circunstancial.

Es impensable que un show por el estilo vuelva a retransmitirse, al menos en las radios que todos conocemos. Igual que es impensable que otra serie como Makinavaja se grabe, que animes como Ranma se proyecten sin censura, etc., porque vivimos en la tiranía de los políticamente correcto, una fase como cualquier otra del plan de control social e ideológico que el Estado ejerce sobre la ciudadanía, y que algunos bobos, no pocos, aplauden con complicidad, como si hubiesen ganado algo en el proceso de desnaturalización del ser humano. Esos son los mismos que echaban espumarajos por la boca para intentar prohibirnos los juegos de rol, allá por los noventa, a los chavales que teníamos inquietudes que iban más allá del partido del domingo o la Champions League. Así que, en honor a Bértigo, aprovecho para cagarme en la madre que los parió.

Heavy e inconsciencia

Hacía tiempo que no escribía de música, y como Iron Maiden o Blind Guardian me parecían muy típicos, me he inclinado por otro tema: mi inconsciencia musical.

Pues resulta que tuve una época, en ese tránsito del instituto con la universidad, en la se apoderó de mí un consumismo heavy absurdo. ¿Y por qué absurdo? Pues porque me iba al Corte Inglés, sección de discos, sección heavy, y compraba aquél cuya portada me molase más, sin ninguna otra referencia al respecto del grupo en sí. Mi cabeza ya estaba quemada por aquello que se escuchaba entonces en los círculos de frikirroleros: Iron Maiden y Blind Guardian, claro, pero también Sonata Arctica, Rhapsody, Edguy, los asturianos Avalanch, Easy Rider, Ankhara, más tarde Warcry.

Un día me dí de frente con una portada en la que salía un casco sajón medieval sobre un fondo rojo, rodeado de celosías de tipo céltico. Bufff, “¡que guapo!” me dije. La música en su interior no puede ser mala con esa portada, pensé. Ignorante de mí, desconocía por aquél entonces al grupo en sí, Saxon. Un clasicazo, claro. Y el disco, Killing Ground, una pasada. Así que la jugada me salió redonda. Recuerdo que mi amigo el Maestro Ninja Gara estaba conmigo, y más cerebral que yo, me decía, “no compres por comprar”. Pero mi fe me recompensó con una buena captura.

Otro día, allá por los finales de los noventa, un amigo mío llamado Charli, famoso en Springfield, me dijo que pillase discos de su casa. Yo le dije, “¿qué disco pillo? -El que quieras”, me respondió. Así que pillé el que tenía la portada más friki, una que salía un caballero rodeado de tipos crucificados y una gran muerte cadaverosa coronando la escena. Bingo. Grave Digger, Knights of the Cross, clasicazo brutal al canto. Mi padre me dijo que no escuchara esas cosas. Pero mi fé me respaldaba.

Mi última acción absurda antes de que los discos pudiesen descargarse sin pagar, la protagonicé con un grupo llamado Stormwitch. Llegué al Corte Inglés con mi frikada por montura, y de todos los discos me convenció uno en cuya portada salía una bruja haciendo algún tipo de conjuro, Dance with the Witches, se titulaba. Así que, ¡zaca!, lo compré. Y no me arrepentí. El grupo tiene una larga trayectoria y suena bien, pero me gustó mucho más Saxon o Grave Digger.

Hace menos tiempo, lo que no significa que fuese hace poco, cuando ya saqueábamos a las compañías discográficas como buenos cyberbucaneros que éramos y seguimos siendo, previo pago de canon digital (que es como un impuesto a todo navegante, al que sólo por surcar las olas se le considera pirata), me puse a buscar heavy por el webo, guiándome, eso sí, por las portadas de los discos antes de descargarlos. Y, ¡voila! que dí con un discazo de un grupo sueco (con esos siempre aciertas) llamado Falconer. La portada en cuestión era un tío, como un explorador, montado a caballo sosteniendo un halcón en su puño. ¿Cómo no picar? Te lo está pidiendo la portada. Así que ¡zaca! le di al botón y a descargar, y temazos señores, grandísimo disco.

Así que pare mí el balance ha sido positivo. Si la estadística es una ciencia y yo tengo buen gusto, no hay más que hablar. Teniendo en cuenta que sí, que la estadística es científica y que sí, que yo soy un as para el heavy, entonces comprar discos ciegamente garantiza (con la seguridad de haber sido probado científicamente) un 100% de acierto en cuanto a su calidad. Recordad niños y adultos, fiaros de las portadas, si sale alguna chorrada no lo compréis, si son muy frikis es que esconden un pedazo de álbum.

Banda sonora de una época: Scorpions

Hay grupos que hacen música que gusta y todos llegamos a tararear. Otros te dan el verano con sus estribillos machacones y fáciles. Terminas queriendo matar a alguien. Y luego están esos grupos que hacen himnos de su tiempo. Hay muchos y muy buenos, especialmente por aquellos años en los que nacimos yo y cuatro frikis más, y los de antes. Hoy me voy a dedicar a Scorpions, una banda que me toca de cerca, porque a mi padre le gustaba mucho, y me lo inculcó.

Scorpions fue una de las muchas bandas que se crearon a principios de los 70. Tuvieron su origen en Hannover, en una Alemania todavía dividida por el resultado de la II Guerra Mundial. Pioneros del hard-rock y el heavy metal en su país natal, ganaron numerosos premios a lo largo de la década setentera y su fama creció a nivel nacional. En esa misma década dieron el salto, primero a Europa, más tarde a todo el mundo. En 1977 fueron disco de oro en Japón con Taken by Force, y desde 1979, empezaron a tantear el mercado norteamericano.

Los sucesivos álbums de Scorpions arrasaron en EEUU: Animal Magnetism (1980), Blackout (1982) y Love at First Sting (1984). Los conciertos de la banda dieron la vuelta al mundo, en un tiempo que fue llamada la era dorada del heavy metal. Reunieron a 325.000 fans en el Festival de rock de California de 1983, y otro ejército de  350.000 fans en Rock In Rio 1985. Scorpions arrasaba, no parecían existir, en todo el mundo, barreras para sus baladas inmortales.

Y no las hubo. En 1988, un grupo de rock internacional saltaba el Telón de Acero y ofrecía diez conciertos en distintos puntos de la Unión Soviética. Eran Scorpions. Fueron recibidos por las autoridades y el mismo presidente, M. Gorbachov, en el Kremlin. La aceptación fue absoluta. En Leningrado (actual San Petersburgo) 350.000 fans recibieron a los Scorpions, coreando Still Loving You, una de las baladas más inolvidables de la historia del rock. Al año siguiente, el éxito cosechado por Scorpions favoreció la celebración del Festival de la Paz de Moscú, donde nuestro grupo fue acompañado por Ozzy Osbourne, Bon Jovi, Cinderella, Skid Row, entre otras bandas. Allí sonó una composición premonitoria y que sirvió para poner música a un tiempo de cambios: Wind of Change. El Telón de Acero caía dos meses después. Su Alemania, un país vencido y humillado, doliente de su carga histórica, se reunió de nuevo en un viento de fraternidad y esperanza.

Los Scorpions siguieron publicando discos y dando conciertos. Todavía hoy lo hacen, y aunque están viejetes lo dan todo. Pero su era, la era de los cambios, ya había pasado. Cumplieron su cometido ampliamente: grabar en nuestras mentes una época al ritmo de buena música. Los niños de hoy en día pensarán que soy un majara. Los ochenteros me comprenderéis.

Más frescos que las imágenes conserva la música los recuerdos.

Algo de heavy: Tenebra

En una era oscura para las artes, como es la nuestra, la música no podía quedar aparte de los distintos tipos de mierda de artista. Dicen, los que realmente saben, que el arte es un reflejo de su época. Por eso las épocas de decadencia social y moral producen un arte de bajísima calidad. Yo no calificaría la expresiones artísticas de hoy en día como de baja calidad, sino simplemente como engaños perpetrados por snobs pijos, que han encontrado un modo sencillo y sin esfuerzo de ganar millones y millones sin trabajar, pitorreándose de los visitantes de museos y exposiciones. Me cago en vuestras almas.

En la música ocurre algo similar. No obstante, resulta que todavía quedan justos en Sodoma, por eso de momento démosle otra oportunidad al mundo. No lo destruyamos aún. Porque por cada Lady Gaga o Pitbull que se entrena para dar por el ano en la radio, hay gente que se está currando en garajes y en locales maquetas guapas, haciendo música de mayor o menor calidad, pero con la etiqueta del esfuerzo y el entusiasmo. Quería hablar de heavy, y voy a presentar el primer grupo de Frikiplaster con la complicidad del que arrima a los suyos a un buen puesto de trabajo.

Porque Tenebra son de Springfield, mi ciudad natal, y los llevo siguiendo desde que se formaron, allá por 1999. Y escribo ahora de ellos porque, al final, el esfuerzo de muchos años y avatares (la formación ha cambiado y su estilo ha evolucionado), han sacado recientemente un disco, han grabado un videoclip, y el resultado es muy positivo.

Tenebra hace gala de un estilo de heavy melódico, con una voz femenina muy sugerente (Aroa Zorrilla), y alterna cómodamente temas duros del más mítico heavy, con baladas y canciones más tranquilas. Muchos grupos heavy adolecen de buenos cantantes, pero en el caso de Tenebra, Aroa supera el examen con matrícula de honor. El grupo lo completan Eduardo Calvo (guitarra), Ulfe Piñón (guitarra), Sara Murillo (teclados), y Rober Liendo (batería).

La publicación de su disco Luz en la Oscuridad, (mayo de 2011) inaugura una nueva etapa del grupo, que esperemos sea positiva en todos los sentidos. Entre sus vibrantes acordes nos brindan diez temas que entusiasmarán a los buenos heavys, a los que son de misa metálica diaria. Mariano Muniesa, si me lees, a ver si les enchufas un ratito en Rock Star, para que la gente melenuda en España sepa que en Springfield también se hace buena música.

Cuelgo el videoclip del single Nunca Supe, para que comprobéis que no soy un trolero. Calidad por los cuatro costados: buena música, bonitos escenarios de mi Springfield natal, y gente guapa. Para que os quejéis. Pasaros por el blog de Tenebra para saber más.

Démosle guerra al silencio, que deja a la gente sorda de sentimientos.