La hipocresía (y sus consecuencias en el caso particular del maltrato a la mujer)

Saludos navegantes weberos. Aparcando mi natural tendencia a la anécdota, recuerdo melancólico, frikada, frivolidad graciosa, u otros temas variopintos y desde luego, nada serios, quería dedicarle un post hoy a un tema que me corroe y que creo que es obligación denunciar a estas alturas de la película. La hipocresía. Hablaré de ella en general, naturalmente con brevedad, y me extenderé un poco más en lo relacionado al trato de la mujer desde los distintos actores sociales.

20130412-155934La palabra es griega y, antiguamente, también en latín, venía a significar ‘actor’, aunque etimológicamente, es algo así como “que va por debajo del juicio/decisión” (véase la web Wiktionary para más detalles). En la actualidad, el hipócrita es también un actor, que presume de ciertas virtudes o compromisos y luego actúa de una manera muy distinta a aquello de lo que predica. Es, por tanto, un actor que se enmascara de valores virtuosos que desde luego, cuando llega la hora de la verdad (la hora de ponerlos en práctica) los ignora. Sabéis a qué me refiero porque os vienen a la mente mil ejemplos. Todos hemos sido alguna vez hipócritas, y yo el primero, pero llegados a una edad en la que tenemos capacidad de crítica y de reflexión, creo que es obligación moral desenmascararse o bien cumplir con los principios que predicas. El hipócrita es mucho peor que el malo, porque al malo le ves; pero el hipócrita es malo y viste de bueno, por tanto engaña, y al engañar crea desorden, confunde a la gente de buenos sentimientos, y en consecuencia siembra más mal.

Es muy evidente el hipócrita de la riqueza. El que defiende al pobre mientras viste con ropa cara. Muchos de estos hipócritas ni se dan cuenta, porque no les da la cabeza o están cegados por su propio ego, dícese que altruista. No pocas veces son millonarios comprometidos con los desheredados, y se echan una foto con un niño famélico para después ir a algún lujoso hotel a darse un banquete.

La hipocresía de la Iglesia es manifiesta. Al menos, de ciertos grupos de la iglesia (sé muy bien que también los hay virtuosos), no me extiendo a otras religiones porque no sé lo suficiente, y acusar sin saber tampoco es correcto. Nunca ha sido fácil predicar la abstinencia sexual, es complicado, pero nadie está obligado a hacerse sacerdote. Los sacerdotes, y creo que todos conocemos también ejemplos, recurren en algunos casos al oficio más antiguo del mundo, o tienen relaciones con mujeres de sus parroquias. A veces incluso cometen graves delitos que todos conocemos. Salvo en el último caso (el de Ambrosio en ‘El Monje’, gran novela) me vale que me digan que Cristo vino a llamar a los pecadores, no a los justos, como dicen los Evangelios. Lo acepto. Por el mismo argumento, ¿no debería la iglesia aceptar a los homosexuales? Eso suponiendo, como supone la Iglesia, que la homosexualidad es un pecado, algo que desde luego no se dice en ningún lugar de los Evangelios. Tampoco en el tema de las riquezas se salvan. A los que tenemos sentimientos espirituales pero somos críticos nunca nos convencerán predicando a Cristo (que fue siempre pobre) pastores que guardan celosamente ingentes, inabarcables tesoros, y viven en el lujo y el fasto.

Pero lo que más me duele últimamente, porque me ha golpeado de cerca, es la falsedad en la violencia contra las mujeres. La sociedad es tremendamente hipócrita con esto, y con la sociedad me refiero a: los medios de comunicación, las instituciones, las compañías comerciales, y buena parte de los grupos o individuos per se.

¿Alguna vez habéis oído hablar a un grupito de machitos de entre 15-50 años sobre mujeres en petit comité? Si sois varones, seguro que sí; alguna mujer también puede tener alguna experiencia. En esos grupos está normalizada la humillación de la mujer mediante todo tipo de calificaciones zafias, ordinarias y repugnantes refiriéndose a ellas, normalmente, por sus atributos físicos, modo de vida, o cualquier detalle de la persona cuya acentuación en la conversación pueda hacerle parecer más viril al machito. Pero luego, cuando algún otro pega a una mujer, o la mata, los veréis a todos condenándolo o en las manifestaciones, alguno igual hasta con pancarta o levantando la voz y pidiendo justicia. Muchos de ellos, lo sé por experiencia, se dicen feministas y defensores de los derechos de la mujer. Pero están actuando. Son actores.

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Basura

Los medios de comunicación no son menos groseros. Algunos canales sostienen en antena programas donde se hace de la mujer un objeto para que los gallos del corral se la rifen. Sólo le dan pantalla al perfil más vulgar del sexo femenino, ofreciéndonos una imagen distorsionada de la realidad donde la sexualidad lo ocupa todo, creando por tanto una ilusión que aparenta real, y que frustra al varón cuando se enfrenta a una realidad muy distinta. Cuando descubre que la mujer no es un medio (una herramienta) para proporcionarle placer, sino un fin en sí misma (un ser humano, un TODO cuya esperanza vital es alcanzar la propia FELICIDAD, no hacer feliz a un gañán con su propio sufrimiento), la bestia se desespera. Pero acaba el show y llega la hora del telediario, y entonces se ponen fúnebres, y te dicen que han matado a otra, y se suman a la condena. Actores todos.

Las compañías encargadas de fabricar la ropa y los cosméticos no son menos hipócritas. En los últimos años han sexualizado a las niñas: id a un colegio o instituto donde no se use uniforme, y ved la imagen. La niñas prepúberes, incluso menores, visten y se maquillan para aparentar ser más mayores. Lo hacen porque las campañas publicitarias y la televisión se han sumado a ese mercado que da dinero, y que por tanto es lucrativo y jugoso para sus intereses, que se reducen básicamente a uno: el Dólar. Pero luego resulta que el enemigo público número uno es el pederasta; y no digo que el pederasta sea una víctima del sistema, ni mucho menos, es un depredador repugnante; pero no faltan los que con sus diseños y campañas, para aumentar la cuenta del banco, le echen gasolina. Hipocresía también.

Y el Estado trata de defender a la mujer aumentando los presupuestos para proteger a las maltratadas y darles amparo, y debe hacerlo, pero tanto hemos buscado el analgésico para reducir el dolor que se nos ha olvidado buscar el remedio a la enfermedad. Y ese remedio está en la educación.

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Atenea, diosa de la sabiduría

La educación es la clave. Ella nos permitirá cambiar de canal cuando pongan basura en la televisión: el programa desaparecerá de antena. Ella nos permitirá irnos y dejar con la palabra en la boca al grosero: si nadie le escucha ni le ríe la bravata, cambiará el registro. Nos permitirá explicarles a nuestras hijas por qué ellas son niñas y deben disfrutar su infancia, y no vestir como mujeres mayores, que tampoco son felices. Nos permitirá ser críticos con todo aquello que disminuye a nuestras compañeras de viaje como a objetos, y plantear respuestas adecuadas contra los que insisten en el error.

El maltratador no es un ser feliz, vive en la frustración y en la miseria de su propia esclavitud, que es la ira y la incontinencia, es la miseria interior de ver unos objetivos vitales que se alejan de él (la felicidad), precisamente porque vuelve sobre sus fallos. Se convierte en esclavo de otras adicciones, el alcohol, la droga, o simplemente la avaricia, lo que le hace aún más colérico y descontrolado, y más peligroso.

La única vacuna que puede revertir estos procesos es la educación, precisamente, la que estamos destruyendo priorizando los saberes técnicos y científicos frente a los humanísticos, que son los que brindan las herramientas intelectuales críticas al sujeto, y le convierten realmente en un ser racional. He escrito herramientas críticas, frente a lo hipócrita, que es lo que va por debajo de la crítica. La hipocresía es, precisamente, el resultado del vicio acrítico en que vivimos, la dificultad que tenemos para ver (o reconocer cuando ya los hemos visto) nuestros propios errores.

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Platón (427-347 a.C.)

Todo esto viene a cuento de una anécdota que viví el otro día, y que me hizo pensar sobre la hipocresía y las máscaras demoníacas con las que cubrimos nuestra miseria. En una conversación en una clase, cité a Platón diciendo que una de las claves para alcanzar la felicidad era aprender a necesitar menos, y no aspirar a tener más. A raíz de esto salió a colación un dicho que nunca había oído, un dicho propio del vulgo concupiscente y de machito de barra de bar, que venía a decir que me dejase de chorradas, pues la verdadera felicidad era ‘un yate y cuatro putas’. Descubrí, al oír eso, que no podía debatir tales argumentos, porque pertenecen a otra liga. El autor de tales palabras creía que sería feliz al renunciar a su humanidad y convertirse en un Sardanápalo, como diría Aristóteles, esclavo de sus propios apetitos sensuales, lo que, sin embargo, le impediría desarrollarse plenamente como ser humano y, por tanto, ser feliz. Pero lo más terrorífico de todo esto es pensar: ¿cuántos opinan como él? Es más, ¿cuántos de ellos, que opinan que la mujer es un objeto, como un yate o un reloj de oro, se sumarían a la condena de un maltratador? Prácticamente, todos. Nunca acertó tanto el que dijo que la vida es puro teatro: todos actores.